Un trauma se caracteriza porque se da una experiencia que supera los recursos de
afrontamiento de una persona individual o de un colectivo en este caso.
Cuando se da una situación traumática el sistema nervioso se activa por capas o estratos para
intentar afrontar la situación.
El primer estrato que se activa es la INVOLUCRACIÓN SOCIAL (demanda de ayuda), si este
estrato no encuentra respuesta, entonces se activa el siguiente en orden de supervivencia, LA
LUCHA, y si este no funciona entonces aparece el estrato más extremo en el orden de
afrontamiento que es la CONGELACIÓN.
Efectivamente, la evidencia empírica sostiene que la mayor parte de las personas afectadas
por un desastre natural disponen de los suficientes recursos psicosociales para afrontarlo,
aunque, obviamente, habrá una casuística muy diversa en función del grado de exposición al
desastre. Dicho en otras palabras, es muy distinto perder a un ser querido, perder la vivienda
o, en una esfera más periférica, observar con inquietud, pero desde la lejanía.
Por otro lado, es interesante contemplar cómo, si no hay respuesta necesaria ante la demanda
de ayuda, en este caso por parte de las administraciones entonces se activan los
comportamientos de lucha: ponerse manos a la obra en una marea de solidaridad y ayuda, así
como en paralelo las reacciones emocionales de ira, agresividad, y la consecuente búsqueda
de culpables, todo ello responde al dolor de las pérdidas, a la impotencia y a la frustración.
Es muy característica la desazonaste sensación de impotencia e ineficacia para resolver los
problemas derivados del desastre y controlar las emociones desatadas en el propio sujeto.
Todo ello forma parte de una respuesta normal al shock traumático.
Dicho esto, no obstante, tenemos que ser especialmente cuidadosos al interpretar las
respuestas ante una situación catastrófica. Por ejemplo, sentimientos como temor, ansiedad,
ira, frustración o culpabilidad inmediatamente después de la catástrofe, o durante su
evolución, como el caso que nos ocupa, debemos interpretarlos como normales ante una
situación anormal, y constituyen la parte dinamizadora de la reacción ante lo que está
ocurriendo. Por tanto, se trata de una respuesta adaptativa. Una respuesta catatónica, pasiva
o excesivamente dependiente tiene, en este sentido, un peor pronóstico.
Comprobamos a su vez que la naturaleza del ser humano es múltiple, que existen las pulsiones
luminosas y las oscuras, la energía de cooperación, ayuda y solidaridad, así como la energía de
la competición y de lo miserable.
La potencialidad de lo luminoso y lo oscuro está en todas las personas y que se active una
pulsión u otra depende de las bases biográficas y caracteriales de cada persona.
Habitualmente las pulsiones más oscuras y miserables responden a las biografías más dañadas
y traumatizadas.
De ahí podemos comprender que haya una parte de la población que responde ante la
tragedia desde la solidaridad y la ayuda y la cooperación y otra parte desde lo miserable, no
mirando por el bien común sino por la supervivencia individual.
Una experiencia social así no deja de ser una Experiencia Cercana a la Muerte vivida a nivel
colectivo.
Eso nos saca de nuestro vivir cotidiano en el que se da una dimensión concreta de los
problemas y nos pone de golpe en otra dimensión del aprecio y de la impermanencia de la
vida.
Los pequeños problemas cotidianos se convierten en insignificantes cuando la vecina de al
lado acaba de perderlo todo.
Aparece verdades vitales que se nos presentan entonces como carteles luminosos como
LA INCERTIDUMBRE que siempre nos acompaña. La VULNERABILIDAD de nuestras pequeñas
vidas. Que la MUERTE siempre está al acecho y ante la cual nos igualamos.
Nos damos cuenta de la pequeñez humana, frente a la grandeza de las fuerzas de la naturaleza
en este caso.
De un golpe salimos del antropocentrismo que nos caracteriza y recuperamos una HUMILDAD
y una capacidad de APRECIAR lo importante de la vida.
La única manera de seguir es volver a construir, tener esperanza en que la vida sigue y que hay
un futuro.
Ayuda referenciarse en otros hechos del pasado que han marcado la historia de la humanidad
de manera trágica. Desastres naturales o guerras que son casi constantes. Ayuda a desarrollar
un espíritu más despierto, amplio y solidario en nuestro vivir.
Al tiempo y por desgracia de cada situación se aprende a veces a base de pérdidas.
Quiero pensar que, si llegara una nueva PANDEMIA o una nueva DANA estaríamos más
preparadas para ello.
En estos días se están poniendo al servicio muchas entidades y asociaciones privadas y
públicas en el ámbito de la ayuda.
La ayuda también tiene órdenes y fases que conviene respetar.
Lo primero que ahora requiere ayuda es dar respuesta ECONOMICA al desastre, así como
refugio, alimentos y a nivel psicológico acompañar el SCHOCK y la primera etapa del duelo, el
dolor, la impotencia, la rabia, la frustración, la desesperanza.
Esto requiere personas especializadas en intervención en situaciones de emergencia.
Mas adelante, empezarán a darse otras respuestas en las personas individuales y también a
nivel colectivo.
Es ahí donde los dispositivos de atención psicológica han de estar preparados para recibir las
sintomatologías que se deriven del trauma.
En todo caso, es absolutamente imperativo que las administraciones garanticen las
necesidades básicas materiales de los damnificados y la atención a las personas que, por
diferentes motivos, van a precisar un acompañamiento más directo y, eventualmente, apoyo
psicológico ya que, en caso contrario, se acabaran identificando cuadros de relevancia clínica,
siendo los más frecuentes los siguientes:
Síndrome de Estrés Postraumático. Reexperimentación del acontecimiento traumático.
Evitación de los estímulos asociados al acontecimiento. Aumento de la activación motora o
tendencia a la congelación (depresión). Aparece en forma de tristeza, ira, ansiedad, nostalgia,
sentimiento de desgracia. El SEPT no aparece inmediatamente a la catástrofe, sino que
emergerá a lo largo del tiempo. Hoy en día se sabe la importancia de tratarlo para evitar que
derive en disfunciones más graves e incluso que se transmita a generaciones posteriores.
También se da lo que algunas personas han denominado Síndrome del superviviente:
La gran dificultad de sostener que otras personas hayan perdido la vida y uno haya
sobrevivido.
¿por qué yo no y los otros sí? ¿Por qué me toco a mi vivir y a otros morir?
En el mejor de los casos y siempre a través de poder hacer un trabajo de procesamiento del
trauma se puede llegar a ordenar, a colocar, a apaciguar el acontecimiento que en su
momento fue desbordante en algo contenido, comprendido y re organizado.
Está comprobado también la eficacia de las terapias Integrativas y holísticas, quiere decir tener
en cuenta las diferentes dimensiones del ser humano, enfocando el cuerpo, la mente y el
espíritu.
Una psicoterapia exitosa ayuda a los pacientes a conectarse o reconectarse con sus recursos
espirituales y sociales.
Hay estudios que demuestran que existe una relación entre la práctica espiritual con la salud o
la sanación.
Reconectando con las cualidades humanas de bondad, benevolencia, compasión, tolerancia,
perdón…esenciales para sobrevivir.
Así como la importancia vital de estar en redes de apoyo y ayuda, en conexión con
comunidades afectuosas y seguras a través de las cuales sentirse acompañado, perteneciente
y también poder condolerse.
El ser humano es un ser gregario, vincular, relacional. Así que las consecuencias de cualquier
trauma tenderán a ser más graves si se viven en soledad. Y la sanación del mismo va ligada a
las conexiones, la pertenencia, el afecto, los vínculos seguros y compasivos.
De manera que la situación vivida siempre estará ahí y formará parte de la construcción de la
persona y con suerte y con un buen trabajo de trauma lo vivido se puede transformar en
nuevos recursos para encarar el presente y el futuro.
De ahí que personas y colectivos que han vivido situaciones traumáticas pueden llegar a
generar despertares extraordinarios, nuevas maneras de encarar la vida que resurgen
precisamente de la situación traumática vivida. Lo que viene siendo “de aquellos lodos, estos
lotos”
Así que sería óptimo que las administraciones gubernamentales y entidades que se ocupan de
la salud colectiva pusieran a disposición recursos de profesionales de la salud mental
especializados en el procesamiento de los traumas, no sólo ahora si no a lo largo de los
próximos meses, incluso años.
La desinformación que hay en la importancia de la salud mental individual y colectiva hace que
los recursos profesionales no estén al alcance de todas las personas que lo puedan necesitar.
Es urgente invertir más recursos en salud mental, así como más trabajo psicoeducativo a
nivel social.
Se trata de la salud, no solo de la persona que ha podido vivir un trauma, sino del impacto
expansivo y el alcance que ese trauma puede llegar a tener para generaciones posteriores.
Pongamos la esperanza en que cada acontecimiento traumático nos ofrece la posibilidad de
evolucionar en una sociedad mejor, al desarrollar cualidades esenciales y sanadoras que todo
ser humano alberga como la calma, la claridad, la curiosidad, la compasión, la confianza, el
coraje, la creatividad, la conectividad, la esperanza…
Para finalizar este artículo un poco de síntesis sobre lo importante;
La Intervención en crisis y trauma agudo es rápida y breve en el tiempo.
El objetivo es disminuir la activación emocional y el impacto de los recuerdos traumáticos para
prevenir el TEPT.
En la ayuda psicológica, la capacidad de regularse tiene que ver con la capacidad de dejarse co-
regular, de entrar en conexión con el ayudador.
La presencia sin duda es el mayor recurso de ayuda.
Nos traumatizamos en soledad y nos curamos acompañados.
Restablecer la conexión social pues, es un factor crítico.
También destacar la importancia de los rituales.
Que la comunidad pueda hacer experiencias colectivas donde condolerse, a través del arte, el
teatro, la pintura, la música…esto suele surgir como necesidad colectiva de manera
espontánea y habla de la capacidad de autosanación y ejercitación de la resiliencia que es un
recurso inherente a lo humano ligado al impulso de vida.
La compasión es la actitud más elevada para acompañar el sufrimiento de otro.
Nos permite acompañar el sufrimiento del otro, sin convertirnos en ese sufrimiento.
Para acabar enviar un mensaje de condol y de esperanza para todos los afectados y confiar en
la solidaridad y resiliencia humana para ir sanando la experiencia.
Artículo escrito por
Laura del Caño Peláez
Psicóloga especializada en tratamiento del Trauma.
En Gelida a 22 de noviembre 2024.
